OPINIÓN – Aquí se juega

OPINIÓN – Aquí se juega

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Foto: Álvaro Campo.

Mano derecha en el cinturón, cuerpo erguido, mentón arriba. “¡Qué escándalo! ¡Qué escándalo! He descubierto que aquí se juega”. La mano diestra abandona la cadera para recoger las comisiones del juego de esa noche.

Es el capitán Renault, magistralmente interpretado por Claude Rains. Y la película, ya lo sabrá todo el mundo, es Casablanca. Desde 1942, año de su estreno, esta escena ha sido el ejemplo sumo del cinismo. Y lo seguirá siendo. Ni siquiera el vergonzoso buenismo idiotizante de los adalides de la rivalidad sana podrá superar la clase de Renault. De Rick ni hablamos.

Catorce años más tarde, vuelve el derbi. Quince para quienes se agarran oficialmente al escenario para echar más tierra encima del prestigio del rival desde el lado oficial de esta historia. Pero no hay tierra suficiente para enterrar algo tan grande. Ni contratando a tres, cuatro o mil especialistas en redes. No hay nada más duro que la realidad. No hay nada más resistente que el oviedismo. En consecuencia, nada más resistente que el Real Oviedo.

Han descubierto algunos que hay rivalidad. ¡Qué escándalo! Y lo han descubierto después de catorce años de intentar humillar y enterrar al rival. Lo han descubierto después de reírse de las victorias de su filial sobre un primer equipo. Después de descubrir en sus teléfonos la cámara con que inmortalizar un resultado en el tuneado estadio del Piles. Después de acudir a dignos campos de Tercera a gozar la desgracia ajena. Después de meter miles de aburridas personas en el estadio de la capital de la Costa Verde una tarde de domingo para ver a ese equipo del que ahora descubren, ¡qué escandalo!, que es el rival.

Respaldados por micrófonos, rotativas, platós… Y lo que es peor, por las autoridades al mando de la región. Ahora se dan cuenta de que, ¡qué escándalo!, hay rivalidad. Nada ha cambiado. Lo que era rivalidad se tornó en desprecio, soberbia y estupidez. Lo simpático de la rivalidad pasó a ser odio hacia el que sufría. Pero sólo sufría, nadie acabó con él. Ni acabará.

De malvadas meretrices, ahora quieren pasar los adalides de la rivalidad sana a virgencitas recatadas. Pretenden convertir la rivalidad a secas (ni sana ni hostias) en la rivalidad gata Flora: si se la meten chilla y si la sacan llora (para evitar malentendidos, sin ánimo machista ni nada que se le parezca).

La rivalidad, como podrán acreditar desde la orilla del mar o desde la calle Uría quienes han disfrutado de ella en el Molinón y en el viejo Tartiere en aquellos grandes tiempos, es la que es. Es la que hace que en los días previos al derbi se crucen apuestas, pullas, retos… La que consigue que el estómago no sea el mismo dos días antes del partido que en la víspera o al entrar al campo. La que logra que la semana siguiente, incluso los meses siguientes hasta la segunda vuelta, el mundo sea un lugar maravilloso en el que meter el dedo en el ojo al compañero de curro o de barra, o un infierno en el que ese ser a veces simpático que vive a tu lado se convierte en el mayor hijo de puta.

Esa es la rivalidad y la gente del fútbol de toda la vida la conoce, la teme, la ama, la detesta, la añora, la desea… No hay más.

Y al que le moleste una camiseta con mensaje de rivalidad, que se quede en casa. Tebas y algún predicador de la radio de Dios se lo agradecerán. Ambos se pueden ir al carajo. Porque aquí, sépanlo ustedes, se juega.