Perdón, pero se veía venir

Perdón, pero se veía venir

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Foto: Álvaro Campo.

Ni los 900 de pago ni los 300 invitados. El esfuerzo fue intenso y digno de elogio. Pero no era su día. El estadio Carlos Tartiere fue más azul que nunca, como lo fueron las calles de alrededor desde muchas horas antes. Daba gusto ver por allí a exjugadores del club carbayón. El Café Tartiere es una referencia, no sólo por el nombre, sino por el ambiente. Y la dirección. Al mando, Jon Carrera y Cárcaba, con nombres ilustres ayer entre la clientela como José Luis, aquel lateral riosellano que se dejaba la cara en cada lance; Matías, el Rooney azul; Mario Prieto, siempre mandando; Rubén González, la derecha de la banda; Joaquín, el bala, con pinta para jugar a sus algo más que 18 años… Muchos de ahora y de antes, pero todos de azul.

Era obligado ver la salida del Oviedo del hotel Ayre, impresionante, tanto como el paso del autobús oviedista por el cruce de la plaza de toros. La piel de gallina, pero de gallina de caleya.

El césped, una alfombra. Mojada, eso sí. Es Asturias, amigo, que diría un prócer gijonés fuera del trullo por esas cosas de la política. Tanto presumir de asturianos para acabar lamentando que haya agua. Tan asturiano como su nombre. Pero el agua apareció, ¡cómo no hacerlo en un derbi del norte!, que diría Bur Moreno.

Calentamiento de infantiles en el equipo rival, tirando a puerta en una rueda muy pocas veces vista en el fútbol profesional. Desde el entrenador del Lanzarote haciéndose la foto con el equipo inicial, no se veía semejante cosa en el Carlos Tartiere.

El fondo norte se vistió de gala, se vistió de Oviedo. La catedral, esa maravillosa torre insigne en su soledad, el auditorio, la Escandalera, Santa María del Naranco… el Oviedo universal dio el recibimiento al equipo de Anquela, ese entrenador especial con un toque tan normal. Melendi acompañó la previa con su música mientras la rabia del rival no pasaba del insulto. El mosaico azul y blanco no se rompió por mucho que lo intentasen los 900 de pago y los 300 invitados.

“Vamos, vamos, Oviedo” ante el silencio del fondo sur, sección alta, que intentaba asimilar el dominio local. Hasta el gol. Entonces si querían a su equipo. Hasta el otro gol, el del empate, entonces vuelta al mutismo. Así son las cosas y así se las hemos contado, decía José María Carrascal.

Se lo pensó el equipo del Piles antes de salir tras el descanso. Algo debían intuir, porque bien pronto les llegó el mazazo. El golpe del ánimo. El golpe del silencio en el fondo sur, zona alta. Como regalo añadido, se anunció la asistencia: Algo más de 26.000 espectadores, se leyó en el video marcador. Que alguien explique dónde se metían ayer otros cuatro mil.

Ovación de las buenas para Aarón Ñíguez al ser sustituido por Yaw Yeboah. Y ovación de gala para Yaw Yeboah al sustituir a Aarón. El fondo sur, sector alto, no aplaudió. El muchacho juega en el rival y no es del color que agrada a la hinchada playa, que tardó 28 minutos en aparecer por el segundo tiempo. Hasta que llegó la primera aproximación en un córner. Siempre fieles, oiga.

Linares, Linares, Linares. Aragonés de sangre carbayona. Toché, murciano de la calle Uría. Pura sangre por pura sangre. Pólvora cansada por frescura en el disparo. Y la grada lo agradece.

¿Daste? Y se dio. El Sporting ya no estaba para más fiestas y los muditos sólo sabían insultar. Lo mejor, el final. Que llegó. Y lo pudo hacer con otro gol, de Fabbrini, que llevaba un par de minutos bajo la lluvia. Hubiera sido gloria bendita. Hubiera sido el remate a los 900 de pago y los 300 invitados. Que nos perdone el ilustre perdonador por ser tan malvados. O, en su defecto, que se vaya al carajo. Porque lo de ayer, ya se sabía, se veía venir.